
Agrio el último sabor.
Estallo la bola
de un azul metálico de brillante pupila
contra el tronco plasticoso del abeto
que recibe mi mensaje de discordia, sumiso y aterrado,
con la misma cara de la china que despachó
mi absurda compra antinavideña.
Participé en la tala del bosque
donde todo era de plástico y de plastilina.
Soy culpable por ser moderna.
¿Soy una cabrona o una heroina?
¿Tendremos que reciclarnos juntos
cuando las luces de los grandes almacenes
decaigan y nos aplasten las rebajas?
Aunque el euro se hunda
siempre nos quedará el reflejo de neón,
las cejas fruncidas de las dependientas,
el papel de esos regalos que nunca quisiste
y un bonito recorrido por el casco antiguo de Madrid.
Es fácil estar de acuerdo
cuando es la frustración la que manda.